En la obra civil hay dos cosas que nunca mienten: la fuerza de gravedad y la experiencia de un supervisor. Después de algunas semanas sin historias, hoy continuamos con la entrega XXXVIII del querido anecdotario del ingeniero Francisco Garza Mercado. Una lección clásica sobre el choque de generaciones en la construcción.
El reto del Par Vial
El gobierno del Estado se propuso hacer una gran cantidad de puentes y pasos a desnivel en la ciudad de Monterrey. Me tocó en suerte diseñar muchos de ellos, entre los que se encontraba el Cuauhtémoc, sobre el río Santa Catarina.
Esta estructura formaba parte del proyecto del par vial Cuauhtémoc-Pino Suárez, la columna vertebral norte-sur de la ciudad. Curiosamente, poco antes, yo ya había diseñado la ampliación del antiguo puente Pino Suárez, que corría paralelo a solo unos 80 metros de distancia.
La teoría del residente vs. El «ojo» del supervisor
La compañía contratista asignó a un residente muy joven, pero con mucha iniciativa y muy «entrón». El Gobierno, por su parte, había contratado a un veterano ingeniero, viejo amigo mío, para supervisar la construcción.
Resulta que, al preparar el colado (vaciado) de la primera pila, el supervisor se acercó y le dijo al residente que la colocación de los amarres metálicos entre las caras de la cimbra (encofrado) le parecían escasos. Su experiencia le decía que no iban a resistir los brutales empujes del concreto fresco durante el colado.
El joven residente, confiado en sus cálculos, le contestó que él estaba bien preparado para este trabajo y que iba a dejar los amarres tal como estaban, asumiendo toda la responsabilidad. El supervisor, como dicta el manual no escrito de la supervivencia en obra, hizo la aclaración correspondiente y la dejó firmada en la bitácora.
Cuando la cimbra cede…
Algo salió mal. Con el colado a medias, los amarres fallaron, la madera se abrió y la pila quedó completamente deforme.
El supervisor del gobierno no titubeó: ordenó su demolición inmediata y la reconstrucción total, tal como se había acordado en bitácora. Con mucha pena (y un duro golpe al presupuesto), el residente tuvo que cumplirlo por cuenta de su empresa.
Sin embargo, hay que reconocer que todas las demás pilas de ahí en adelante quedaron perfectas, como era de esperarse tras semejante lección.
El remate de los 100 metros
Días después, en una reunión en la zona al pie de la construcción, estábamos el residente, el supervisor y yo, platicando de nuestras respectivas trayectorias.
El residente tenía menos de 30 años y relativamente poco tiempo en campo, con solo un par de puentes en su haber. Yo andaba por los 40 y tenía un poco más de rodaje en el diseño de estas estructuras.
El supervisor, de alrededor de 50 años, era sin duda el «tigre» de la especialidad. Relataba con orgullo que tenía más de 25 años construyendo o supervisando puentes, comenzando su carrera en la antigua Comisión Nacional de Caminos. De hecho, ahí mismo se había encargado de la construcción del antiguo puente Pino Suárez, que se veía a simple vista desde donde estábamos parados.
Al residente aún le dolía en el orgullo la demolición de la pila, pero demostró que no había perdido su buen humor. Miró la corta distancia que nos separaba del puente antiguo, miró al veterano y le dijo con socarronería:
— «Pues no ha caminado mucho, ingeniero… menos de 100 metros en 25 años.»
🗣️ MORALEJA CIVILGEEKS Y DEBATE: > La experiencia en campo desarrolla un «ojo clínico» que muchas veces el cálculo estructural en gabinete no logra ver.



Comments (1)
Benjamin - 17 octubre, 2014
ajajja.. que buena…. gracias por compartir sus exeriencias y espero que siga, muchas felicidades ingeniero.