La cubierta del estacionamiento [Anecdotario de un ingeniero civil #31]

Continuamos con la XXXI entrega del anecdotario del ingeniero Francisco Garza Mercado.

Tocó a una conocida compañía de diseño y construcción, proyectar una nueva tienda para una cadena comercial de la ciudad.

Había un problema serio: existía una tienda de la misma cadena, con un estacionamiento de automóviles cubierto con cascarones hiperboloides, de los conocidos como ―de sombrilla‖, de excelente diseño y construcción.

Pensaba mi cliente que si el estacionamiento de la nueva tienda, se proyectaba con los mismos cascarones y resultaba bien, la gente diría que no tenía chiste, pues era una copia; por el contrario, si resultaban mal, se diría que ni siquiera sabían copiar. Era necesaria una solución distinta, pero forzosamente más estética, práctica y económica que la existente, lo cual era bien difícil.

El director de la compañía nos habló de los ―tianguis‖ mexicanos, en donde los vendedores cubrían sus tenderetes con una manta horizontal enmarcada en madera, sostenida por un palo central y cuatro cordeles hacia las esquinas.

Poco después el arquitecto encargado del desarrollo de proyecto, muy buen amigo mío, me retó… ―¿apoco no eres capaz de producir una solución estructural original?‖ y me dejó bien picado.

Esa noche no pude dormir. Al amanecer se me ocurrió la solución que se muestra en el croquis siguiente. Era la representación, en concreto reforzado, de las mantas de los tianguis a las que el director se había referido el día anterior.

Se trataba de una serie de losas de 8×11 m aligeradas con casetones de concreto, apoyada en 9 puntos: 8 tensores y una columna central, la cual se prolongaba hacia arriba para anclar los tirantes.

Portada Anécdota 31

La solución era económica, pues una losa de esta naturaleza costaba lo mismo, o tal vez menos, que el cascarón correspondiente, y además era bastante agradable por su vista inferior plana y encasetonada.

Los arquitectos agregaron trabes de liga y remates que mejoraron mucho su aspecto. Nadie podría decir que la nueva cubierta era una copia de alguna otra, pues no se conocía ninguna igual o parecida.

La obra terminada ganó, por su estética y originalidad, un premio local de arquitectura, uno de los pocos galardones que se otorgaban a los arquitectos… sin tener que inscribirse en un concurso…

Yo había propuesto, para la unión de los tensores, placas en forma de estrella de mar, apoyadas a hueso sobre las columnas, con sus puntas dobladas apuntando hacia los tirantes, que se unían con soldadura.

A mí me parecía la solución más práctica, pero a los arquitectos les parecía estéticamente pobre. Querían mejorarla mediante un remate metálico en forma de punta de flecha con hojas dirigidas hacia cada cable; con una punta de concreto de diseño especial, o alguna solución del mismo efecto. Sin embargo, querían que la solución fuera muy honesta y perfectamente justificada, lo que a mí me parecía contradictorio e imposible.

La controversia se transformó en un pleito absurdo: el ingeniero diciendo a los arquitectos como hacer arquitectura, y los arquitectos diciendo al ingeniero como diseñar estructuras. Empezó a elevarse el tono de la discusión, terminando por decirme que ―yo debía de hacer lo que ellos querían, que para eso me contrataron‖, a lo que yo contesté que ―yo ya había terminado mi trabajo, así que ellos podían, si quisieran, ponerle banderitas de colores.

Fue un altercado momentáneo y sin mayores consecuencias. Al día siguiente hicimos las paces y de común acuerdo diseñamos un remate de concreto al gusto de los arquitectos y sin mayor problema estructural.

Pocas semanas después se inauguró la tienda.

Me dio mucha ternura ver que, tal vez para llamar la atención, e igual que como se hace cuando se pone a la venta un conjunto de casas nuevas o de automóviles… los dueños pusieron banderitas de colores en los remates de todas las columnas

Ingeniero Civil, que comparte información relacionado a esta profesión y temas Geek. "Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo"

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