El planetario [Anecdotario de un ingeniero civil #07]

La VII entrega del anecdotario del ingeniero Francisco Garza Mercado.

Es una construcción muy original: un cilindro de concreto de 40 m de diámetro, inclinado 60% con la horizontal, muchísimo más grande e inclinado que la de la famosa torre de Pisa. Ver imagen.

Planetario ALFA

En su interior hay gradas circulares de donde se observa la cúpula del planetario. Bajo estas gradas se localizan oficinas, restaurante, baños e intendencia, y, a los lados, salas de exhibición.

El techo del edificio es una cubierta plana inclinada 30º, normal al eje del cilindro principal, sostenida sin columnas intermedias por vigas metálicas de 40 m de claro, apoyadas solamente en el perímetro.

El edificio era tan notable que atrajo inmediatamente la atención de otras personas. Un catedrático de estructuras del Tecnológico de Monterrey, predijo en una de sus clases su colapso, agregando, con sorna. que se iría rodando cuesta abajo, hasta el río Santa Catarina, a varios kilómetros de distancia.

Afortunadamente el tiempo ha podido demostrar que su predicción fue exagerada.

Yo era el único diseñador estructural, contratado por la empresa a través de una compañía contratista general de las ingenierías.

Planos Elevación y Planta

Sin embargo, dada la importancia de la obra, se contrataron varios revisadores para verificar mi trabajo: dos ingenieros de una empresa filial del grupo; un doctor en ingeniería del Tecnológico y un ingeniero canadiense, muy afamado y de la completa confianza de la empresa, del cual me dijeron que tenía inclusive contactos importantes con la NASA, la agencia norteamericana de los viajes espaciales.

Por el contrario yo no había tenido contratos directos previos con el grupo y era, para ellos, casi un completo desconocido

Con tal conjunto de asesores, es de suponerse la gran presión a que me vi sometido. Cada junta de revisión se tornaba en un verdadero examen profesional en donde yo debía contestar las preguntas de cada uno acerca de mis procedimientos y comprometerme a hacer cálculos especiales para demostrar criterios o contestar sus dudas.

En principio, había diferencias de apreciación. A ellos, por la forma rara y tamaño del edificio, les parecía una estructura muy compleja, que debía haberse resuelto por métodos más confiables que los cálculos simples y aproximados que yo presentaba. Para mí, sin embargo, no era sino una maqueta grandota, a escala 1:1, de una estructura muy simple: un gran tubo circular (del cual había fórmulas fáciles de aplicar) apoyado en un cimiento corrido, la más sencilla de las cimentaciones. Las propias gradas se resolvieron mediante muros cargadores y cimientos corridos. Nada más simple ni más fácil de diseñar que eso.

Había también diferencias en las unidades de los cálculos: aparentemente ellos pensaban en kilos y centímetros, mientras que yo, por mi experiencia previa en cálculo de puentes, lo hacía en toneladas y metros. Sus cifras eran muy grandes y en cierta forma atemorizantes (por ejemplo 155,000 Kg-cm para un momento dado), mientras las mías eran comparativamente muy chicas y controlables, de ―solo‖ 1.55 t-m.

En aquel tiempo, hace ya más de 30 años, solo existían computadoras grandes y programas de cálculo estructural en instituciones como la NASA, las grandes empresas y el TEC, que podían adquirirlos; pero tales aparatos y programas estaban muy fuera del alcance de los ingenieros estructurales.

Muchos cocineros, se dice, hacen una mala sopa. Las diferencias entre el ingeniero estructural y sus revisadores condujeron en cierto momento a una crisis de confianza, que originó que el
canadiense sugiriera probar un modelo a escala —sugerencia en la que yo no era del todo ajeno — cosa que se aprobó de inmediato. Para eso se ordenó hacer con malla de alambre y enjarre de cemento una maqueta del cilindro y su cubierta, a escala 1:20.

El modelo resultó demasiado grande para probarse en las máquinas locales del Tecnológico o la Universidad y no se encontraba ninguna otra a mano. Se decidió entonces fabricar una máquina especial, simple y de poco costo: un par de columnas metálicas, con una mesa intermedia (donde se colocaría la maqueta), y una viga superior, donde se colocaría un gato hidráulico. Todo el aparejo medía unos 3 x 4 x 2 m.

La prueba era rudimentaria, pero podría dar una idea de la resistencia del modelo y de la estructura real. Mediante el gato se aplicaría lentamente la carga hasta romper la maqueta. El valor de las cargas se apreciaría en dinamómetros, calibrados en toneladas, conectados al gato. Realmente no era una prueba muy científica, pues no había una forma prediseñada, para relacionar el modelo con la estructura. Tampoco era muy representativa, pues la construcción real tendría una serie de losas intermedias y muros interiores que la rigidizaban, mientras que la maqueta era solo el cascarón exterior.

Para acabarla de fastidiar, la maqueta se rajó durante el transporte a lo largo de una generatriz, cosa que obviamente iba a mermar su resistencia. Se arregló, a la mexicana, amarrándola alrededor con alambre y cinta adhesiva.

No había un solo lugar a cubierto donde cupiera la máquina de pruebas, y ésta se tuvo que colocar en el exterior, a campo abierto, en una meseta medianamente plana del terreno. Esto originó que el día escogido para la prueba se transformara en una verdadera romería, en donde no solo estábamos los ingenieros involucrados, y los técnicos de la prueba física, sino gente curiosa o interesada en el proyecto, algunos de los cuales llevaron hasta a sus familiares y amigos y sus refrescos.

Por ensayos y ajustes del gato, la prueba de carga comenzó ya entrada la noche, iluminada con lámparas.

Yo había calculado, con las fórmulas de tubos, que la maqueta podía fallar con alrededor de 13 t. Sin embargo, a sabiendas que estaba rota, me di un margen, estimando que, al menos para mí, era
suficiente para poder comprobar mi punto, con un mínimo de 12 t. Los cuatro revisadores, faltos de fe, eligieron los valores más bajos, entre 4 y 6 t.

Alguien propuso una quiniela: todos aportaríamos una cantidad en dinero y apostaríamos por una carga, y el que estuviera más cerca de la ruptura se llevaría todo. El residente de la obra por parte de la empresa estimó 13.5 t. Los demás señalamos todos nuestros valores, de modo que había una gama completa entre las 4 y las 14 t.

Empezó la prueba. El que aplicaba la carga con el gato la cantaba en voz alta, cada media tonelada. El primer descartado, con 4 t, creo que fue el canadiense, seguido muy de cerca por el doctor y poco más adelante, entre las 6 y las 8 t, por los revisadores de la empresa. El ganador fue el residente, por ser el más cercano a la carga de ruptura de aproximadamente 13 t.

Pero el verdadero ganador fui yo. Después de tanta presión y desconfianza, la prueba podría demostrar que yo tenía razón, sin importar mucho que no fuera muy científica.
Pero no todos quedaron contentos.

Esa misma noche, después de la prueba, el canadiense argumentó que estuvo sujeta a infinidad de fallas, por lo cual no podía considerarse confiable. Que la maqueta hubiera resistido no significaba que la estructura real lo hiciera. No era posible, y yo estuve de acuerdo con él, aunque de no muy buena gana, que la seguridad de un edificio tan importante se comprobara con la ruptura de un juguete, que además estaba mal hecho y roto.

Pidió entonces que el diseño del edificio se sometiera a una prueba mucho más potente y confiable, nada menos que con un programa de análisis estructural de la NASA, al que el canadiense tenía acceso por sus relaciones con esa Agencia. Se aprobó su proposición, y el ingeniero canadiense pudo llevarla a cabo. Sin embargo esto iba a tardar, por lo que por un corto tiempo volvió la tranquilidad, bajaron las presiones y hasta se olvidó un poco el asunto, prosiguiendo el proyecto de acuerdo a mis cálculos y planos, pero en espera de los resultados de la corrida.

Existe la costumbre entre los contratistas de una construcción que, en forma rotatoria, inviten a los demás a una comelitona, la cual usualmente se hace en la obra.

Hubo una especial, en la que el contratista principal de la construcción nos invitó a una comida formal, de manteles largos, en un restaurante del centro de la ciudad.

Como yo había asistido a la junta previa en el automóvil de otra persona, el director de la obra me pidió que me fuera con él a la comida, pero que antes tenía que pasar por su casa para recoger algo que me iba a interesar.

Era un telegrama, según él solo para mis ojos. No podía comentarlo con nadie, pues él lo negaría. Creo que después de 30 años no se va enojar si falto a mi promesa, pues, después de todo, todavía él puede negarlo.

El telegrama era muy corto, decía: ―”Garza Mercado all right from the beginning” (Garza Mercado todo bien desde el principio), y lo firmaba el canadiense. La reubicación del tanque

 

Ingeniero Civil, que comparte información relacionado a esta profesión y temas Geek. "Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo"

Comments (8)

  • Reply Luis - 25 julio, 2014

    buenas historias, el ingeniero debería escribir un libro con esas anécdotas ^^. en verdad son muy interesantes de leer

    • Reply CivilGeek - 25 julio, 2014

      Estamos en proceso de escribir el libro!!!

  • Reply Aldo Mojica - 25 julio, 2014

    Excelente Ingeniero Garza.

  • Reply Leonardo Peña C. - 26 julio, 2014

    Saludos, todas estas anécdotas son
    para un libro.

  • Reply Tobias Nevarez Acuña - 26 julio, 2014

    Cada vez que leo sobre sus anécdotas me emociono y compruebo que la profesión que elegí es la que más me apasiona.
    Sobre esta en particular que nos hace el favor de compartir, nos demuestra que más vale un buen criterio estructural que toda la teoría y software que uno pueda usar. El éxito está en la sencillez y lo limpio de una solución.

    Nuevamente Gracias!!! por toda la experiencia que nos comparte.

  • Reply Gerardo Nevares - 29 julio, 2014

    Estas anécdotas efectivamente son de un libro, el cual esta titulado “como agua para concreto”, es de un ingeniero Regiomontano proveniente de la ciudad de Nuevo León, México.

    Saludos colegas!

  • Reply Jorge Palomino Mendoza - 8 agosto, 2014

    La potencia del razonamiento y el criterio estructural de diseño, superaran siempre la de los programas de computo;lo aprendi de mi maestro Ing. Juan Carlos Salazar Carrion,QEPD, en la UNPRG ,Lambayeque,Peru
    Las anecdotas solo lo confirman.
    Gracias mil
    Ing
    Jorge Luis Palomino Mendoza

    s

  • Reply Jhonnathan - 14 agosto, 2014

    SI!!!! SAQUEN EL LIBRO!!! ESTAN MUY BUENAS SUS EXPERIENCIAS

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos y para mostrarte publicidad relacionada con sus preferencias en base a un perfil elaborado a partir de tus hábitos de navegación. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Ver Política de cookies
Privacidad